
Hay quien sigue sangrando y muestra su herida regodeandose con pretensiones de buscar apoyos. Ese " mira, mira.. tengo pupa", la búsqueda del mimo ,de la caricia sincera e incondicional que sólo una madre sabe dar. Exteriorizar el dolor en ciertos momentos es como purificar esa parte enquistada que no nos deja avanzar, que no nos permite levantarnos con la mirada hacia arriba, ni siquiera autoconvencernos de que existe alguna razón, por muy absurda que sea, de que las cosas son así por algo. Hay quienes sus heridas no cicatrizan nunca, muchas de ellas.. de amor y no estrictamente de amor al prójimo, en ocasiones, son navajazos de amor propio. Sea como sea, de amor al fin y al cabo. Porque si o porque no, la búsqueda de una explicación que agrade, las dobles lecturas que nos permiten escondernos en el resquicio de la esperanza, la desesperante soledad que te empuja a agarrarte a la primera muestra de cariño que te ofrecen. Una herida de amor, es, al fin y al cabo, una media estaca en las entrañas, si, pero, no deja de ser una herida que con voluntad y valentía, cicatriza, a veces con el paso del tiempo a veces con resignación. Las heridas duelen porque saquean parte de ti, te aspiran y te contraen la esencia, son ladronas de nuestra vida y maestras de la misma. Pero no, no deja de ser una herida. Algunas tardan más en curar pero cuando lo hacen jamás vuelven a abrirse. Ése es el secreto, cerrarla para siempre y evitar abrirla de nuevo porque escapan los fantasmas del pasado. No duele más porque más se grite, las peores son, sin duda, las que se esconden tras un brillo de ojos imposible de adivinar si se debe a una extrema felicidad o más bien lo contrario. Duele porque tiene que doler y porque a veces se gana y otras se pierde. Aceptemosló y aprendamos a curarnos. Tiritas para todos.









