jueves, 23 de febrero de 2012

ENEMIGO

Para tener un enemigo, uno de los requisitos fundamentales es que se encuentre a tu misma altura.

En caso contrario, pese a la intención ajena de serlo, sería más próximo a un parásito que al concepto que nos ocupa.  Si bien no es agradable este tipo de patrimonio, su significado no es del todo nocivo. Tener un enemigo puede responder en determinados contextos, a la concescuencia de la grandeza frente al que juega a ser grande.

El enemigo no suele huir de un posible enfrentamiento, eso si, carente de violencia. El auténtico enemigo te ronda, te vacila e incluso te sonríe. Juega con tus mismas cartas, se mueve por los mismo lugares e incluso se relaciona con las mismas personas.

El enemigo, y, por supuesto, la enemiga, te huele. No usa la agresividad evidente como arma. Al contrario. Su herramienta es la sutileza, la aparente diplomacia, el beso de Judas marcado con esencia de bofetada.

El enemigo conoce tus puntos débiles y no los ataca para darte cancha y confiarte. El buen enemigo permite que te crezcas y fortalezcas para que esa batalla en la que algún dia os encontrareis, pueda ser mucho más interesante. Al enemigo no le van las personas débiles, porque tú eres su contrario y a la vez su igual.

Para tener un enemigo de estas características se necesita astucia, ímpetu, entusiasmo y sobre todo, capacidad.

El enemigo de clase, de abolengo, no es tu amigo, pero te puede doler menos.

Enemigos a mi, a no ser, que seas tu mismo.